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Cuando me bajó la regla por primera vez, yo tenía 13 años y 3 meses y me encontraba de excursión con el cole en Asturias. Cuando vi aquella mancha marrón oscuro en mis bragas pensé que me había cagado. Así tal cual. Pero ya al tercer día me convencí de que era la famosa menstruación. Shame. El horror. Ya podía ser considerado un ser sucio. Me pasé toda aquella excursión con toneladas de papel higiénico en las braguitas y aterrorizada por si mis compañeras se daban cuenta. Yo ya sabía qué les pasaba a aquellas niñes* que tenían la regla. Un día, en un recreo, me rodearon y debió ser por mi cara, pálida y ojerosa por el dolor (o yo qué sé), pero mis amigas me rodearon y empezaron a cantar al unísono “¡¡Leila tiene la regla, Leila tiene la regla, Leila tiene la regla!!” Y yo negaba desesperada con la cabeza, que no, que no, que aquello era mentira, que yo no la tenía. Recuerdo aquel instante con mucha vergüenza, con espanto, como si hubieran definitivamente averiguado mi secreto: sí, tenía la regla, sí, era un ser indigno. En mi familia se escondían los tampones y compresas y mi madre, al bajarle la regla con 9 años, no tenía ni idea de lo que era y hace nada me dieron una especie tampón para follar cuando tuviera la regla.

Puede pareceros que escribo sobre la prehistoria. Pero no. Mi amiga Bárbara Traver, eminencia en esto de hacer poesía con la sangre menstrual, me comentaba que cuando enseña sus fotos de sangre y tampones, puede notar cómo la gente se avergüenza, siente asco o se incomoda. Pero no hace falta que me cuente nada: todavía recuerdo los comentarios del asco que han recibido varias de sus fotos. Es más, yo todavía puedo esperar, en esta etapa de denuncias, censura y bloqueos. Pero no me cansaré de gritarlo: No, no quiero que mi hija sienta el peso del tabú cuando le baje la regla, no, no quiero que se meta tampones ni nada por el estilo si quiere follar con la regla, no, ni el flujo es asqueroso ni la regla lo es. De ese agujero sólo sale vida. El coño es vuestra copa sagrada. Sangre y comidita para ese esperado óvulo fecundado, que nunca llegó a estarlo. Este es el comienzo de mi próximo fotolibro, la sangre como universo orgánico, el rojo como un grito, la sangre como un río de amapolas líquidas.

*Escribo ahora niñes, pero por aquel entonces no sabía que había hombres que también podían tener la regla.