No sé besar. Pero sé que me gusta. Siempre se quejan en mi familia: que a los únicos a los que les doy besos y besos y más besos son a mis perras y a mi Luz. Y es verdad. Con las peludas me sale de una manera muy espontánea. Una de mis aficiones favoritas es dejarle a Menta marcado el pintalabios en su hociquito blanco. Luego va por la vida con un besito marcado, encima de su nariz rosa. Paseando por la calle, la gente se sonríe. Y a Luz. A Luz me la como enterita. A besos, a caricias, a abrazos, a mordisquitos. Pero luego están los demás. Los demás. No soy capaz, no puedo, me arde el cuerpo con el contacto. Surge el bloqueo, la incomodidad, la tensión. Saludo siempre dando la mano porque todavía no me atrevo a decir tan sólo un «Hola… pero no me toques, por favor». No soy capaz de abrazar a mis padres, porque me siento violentada. No soy capaz de abrazar a mi suegra, que es cariñosa. Tan cariñosa como Guille. Me está llevando años besarlo, abrazarlo, acariciarlo, enrredarme en su cuerpo hasta quedarme dormida. En mi mente lo practico, cuando edito mis fotos paso el boli por su piel como quien recorre con un dedo todos los poros de su cuerpo. Cada vez estoy más suelta con él. Pero no puedo con más personas. La tarea de distensión sólo con mi marido me está llevando años. No sé de dónde me viene este rechazo a ser tocada, besada o acariciada por los demás. Me abrazan y me tensiono, no vivo el abrazo.

Guille: aún recuerdo el Beso (sí, en mayúsculas) que me diste en aquel cuarto de París, yo embarazada de 8 meses. Ese beso largo, retorcido, pasional, como si quisieras realmente comerte mi boca y mi alma. Y cómo yo me entregué a aquel beso, cómo me entregué a ti entera. Sentí esos labios como la conexión perfecta, el paseo hacia el placer, la orilla donde quisiera morir. Y vivir a la vez.