Está en Sólheimasandur (Islandia) y se estrelló hace 43 años. Para saludar al Navy Douglas Super DC-3 se tienen que caminar a pie 4km desde la carretera para encontrarlo, pero merece mucho la pena. El fuselaje del avión, que ya no tiene ni cola, ni alas, ni motor, se recorta contra la inmensidad de un desierto de arena negra. Es de una desolación bellísima. El viento gélido se colaba por sus ventanitas y ya de paso por cada uno de tus poros. Una de las características de Islandia es que sopla un viento fortísimo todo el tiempo.  No sabría explicar bien el atractivo que tienen las ruinas para mi: los esqueletos, casas abandonadas, trenes oxidados, barcos varados.

Las ruinas son un sueño, invitan al olvido, inspiran, filtran algo nuevo más allá de lo que fueron antaño. Uno contempla con fascinación y respeto la ruinas de las ciudades porque tiene a sus ojos la ruina de los hombres, el paso impune del tiempo. Wislawa Szymborska dijo una vez “Heredamos la esperanza, regalo del olvido. Verás cómo entre ruinas damos a luz niños”.