Esta foto marca un antes y un después en mi trayectoria como fotógrafa: es la primera vez que mi madre se deja fotografiar. Siempre ha sido muy complicado fotografiar a mi familia. Salí de Sevilla con 18 años y desde entonces puedo decir que casi todos los días hablamos por teléfono. Yo a mi madre se lo he perdonado todo, lo noto hasta cuando me arde el estómago en un intento de resquemor: ella siempre es el agua fría que apaga los incendios. Mi amor hacia ella es incondicional, en una sed de ser amada, comprendida y respetada por ella, y por consecuencia, de integrarla en mi trabajo. Porque mi universo era un poco falso sin su presencia, una tacha en mi búsqueda de veracidad en mi obra.

Hola, esta es mi madre. Lo ha dejado todo para venir a cuidarme en estos meses de lenta recuperación. También para ayudarme con Luz. Tiene más psicología que todos los psicólogos por los que he pasado y estoy por darle los 50, 60, 70 y 80 euros que me cuestan a ella.

También quisiera dar las gracias a Bárbara Traver por su proyecto con su madre, que ha sido motor para que yo le insistiera a la mía en ponerse delante de la cámara. En realidad creo que todos los fotógrafos deberían fotografiar a sus madres.

Mi madre ha abandonado el rosa nacarado por el rojo-que-te-mato para posarme. Ya os contaré más cosas sobre mi madre.

P.D: Me compré este vestido para una performance de Verónica Ruth Frías. Pero no pudo ser. Durante su performance estaba hospitalizada. Pasó tanto tiempo, que ya no se puede devolver, así que para fotos queda… o para algún momento que yo me encuentre con poderío para ir con escotazo.