“Dijo: «Si imitas mi dolor constante,

eres lisonja dulce de mi acento;

si le compites, no es tu mal bastante».”

F. Quevedo.

Da igual qué forma adoptes. Me conozco hasta tu esqueleto. Desde el que se ve -sí, esos dientes bien alineados, lisos, pequeños- hasta el que te rezuma por la boca. No es mi cámara, es mi ojo, que ya trasciende tu músculo y sangre después de habértelo fotografiado todo. No me he inventado tus huesos, es que tú eres otro animal. Claramente deberías tener otro esqueleto, tú, mestizo de hombre. Yo no me enamoro de los hombres. La mujer que no amaba a los hombres y tiene que trazarles esos huesos que no existen.

Ay, me pasa mucho. Esto: Siempre que escribo bajo tus fotos, te escribo a ti, Guille. Como si no nos fuera a leer y a ver todo el mundo, como si no estuviéramos en punto de mira de nadie. Y yo aquí, mostrando el mayor desnudo que existe: tus huesos. Y tu mirada. Vería tu mirada hasta en tu cráneo.

Te escribo a ti, pero tú me hablaste mientras te retrataba. Me dijiste «Huesos», «Vapor»,»Pérdida», «Siamesa», «Rosa en el atardecer», «Amor constante más allá de la muerte». Amor en esta vida que se fuga sin ser notada en cada despertar.

Posas. Y luego vienen las risas. «Sonríe», Sonríes. Desvías la mirada del foco, miras por la ventana y al fin, ¡al fin! Puedo ver tu esqueleto, luna de tu boca.