Pasé horas y horas en una silla del IKEA que se mecía. Fue durante la lactancia. Ñi, ña, ñi, ña, ñigui, ñogui, palante y patrás, horas y horas, Luz agarrada a mis pechos, en esa especie de batalla que fue la lactancia, en la que ella no quería succionar y yo hacía esfuerzos titánicos por mantener a aquella criatura agarrada a mí como una ventosa. Aquel esfuerzo me hizo muchísimo daño psicológicamente. La presión social por la lactancia también tuvo mucho que ver. Esas decenas de premisas que tiene la maternidad y que todavía me están destruyendo, pues me hacen sentir que todo lo que amo, lo hago mal, son un error, una elección fatídica. Y la culpa, la culpa, la culpa, la culpa. Desde entonces no me siento en esa silla.

Cuando desperté del coma quería ser amamantada, como un bebé. Obviamente, me negaron hasta la leche de vaca, cualquier líquido. De la furia, rompí con mis propios dientes una mascarilla de oxígeno. Cuando desperté, había soñado con la playa y tenía la inmesa necesidad de beber y de volver a mi playa.

En agosto me llevó Guille. Guille barquero, Guille Caronte, que me guió a a través del Aqueronte para plantarme frente a mi Hades. No se sabe muy bien por qué, Caronte dejó pasar a Hércules, vivo, sin una rama de oro y por ello Caronte fue castigado . Guille, a pesar de estar prácticamente todo el tiempo bajo la sombrilla y de haberse echado crema con factor protector 50, se quemó de una forma inexplicable. Pero quemaduras exageradísimas. De algún modo pienso que hizo el sacrificio para ser la mecedora que me ayudara a amamantar el sol, el aire y el mar.

Ya lo dijo Placebo «So much hate for the ones we love».