Aquel día fatídico salí enloquecida y decidida de casa, como un ciborg programado con una única misión. No veía, no recuerdo qué llevaba puesto, no sabía a dónde ir, caminaba mal. Lo único que quería era desaparecer del planeta, no dejar rastro de lo que era. Yo era un grito hecho carne. Recuerdo lo que compré, recuerdo el hostal, recuerdo qué me metí en el cuerpo. Y a pesar de recordarlo, no era yo. Es la sombra. Viene, se te mete dentro y ya no puedes volver a encontrarte sin ayuda externa.

Estoy aquí escribiendo porque tenemos un familiar que es policía y lograron encontrarme a tiempo. Estoy aquí por algo, todavía no sé qué misión me espera. No pienso en qué habría pasado si hubiera permanecido con todos los tóxicos en mi cuerpo. O sí que lo pienso. Y me estremezco entera. Esto es un trastorno, esa pérdida del yo en pro de un descontrol emocional y de tu propia entidad. No te matas. Te mata.

Estamos aquí, lo sufrimos, somos millones.