Guille y yo viajamos con la calmita. Pero no por nada, sino porque a mí viajar a veces me genera un estrés. Así que mientras íbamos con nuestra súper camper por la carretera en Islandia y vimos el cráter a lo lejos, dijimos “Oh, un cráter… ¿vamos? ¿No vamos?” Y así, nos dio para hacer una foto por el camino, comer a sus faldas cuales domingueros con toda la pachorra del mundo, observando a los montañeros subir tope de bien preparados, calibrando si subíamos o no, si cruzando el río nos mojaríamos las patitas, cuánto tiempo nos llevaría alcanzar la cima o cuántas horas nos quedarían de luz. Eso de llevar las visitas cuando viajamos programadas al milímetro, es para los débiles. Lo mismo nos pasó al día siguiente, que nos lo pasamos prácticamente sentados en piedras mirando focas por el tele de la cámara.

Al final subimos, tardamos una hora en subir y no, casi no nos mojamos las patitas. Eso sí, pasé un frío y un vértigo posando… recuerdo este posado como una locura. Chispeaba, soplaba el viento fuertemente y tenía abismo por delante y por detrás. Los paisajes que nos rodeaban eran de infarto y, aunque cerrada, estar ante una de las puertas a las entrañas de la tierra es muy mágico. Estar junto a un volcán activo o inactivo supone vivir y absorber una energía primitiva y salvaje, infunden un respeto inmenso… a la vuelta nos encontramos un ave autóctona (como una perdiz gorda y grande…) que entonaba una cancioncilla triste.

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Por favor, imaginad esta foto con la música del maravilloso grupo islandés Wardruna <3 . https://www.youtube.com/watch?v=YA38ffX1AHo&t=2958s