Hace tiempo mantuve una conversación sobre una de las portadas de «Nymphomaniac», en las que aparecían los rostros de sus protagonistas teniendo un orgasmo. Se estaban riendo de las caras. Esto es como cuando entré en mi clase de 2º de bachillerato y chicas a un lado y chicos en otro, se reían, «¿A que las chicas no se masturban, Leila?», me preguntaban ellas. A lo que yo respondí que sí, que las chicas nos masturbamos, como to Dios. A esto le sucedieron toda una serie de prácticas de bullying. Pero esa es otra historia. Esta otra versa sobre cómo defendí que durante una práctica sexual, si es placentera, los rostros se deforman de placer. Las caras tienen una expresión muy parecida a la del sufrimiento. Mi madre cuando vio esta foto dijo que ella sólo veía un hombre sintiendo dolor. Qué poco follamos frente al espejo y qué poca perspectiva tenemos sobre nuestro propio cuerpo. Esto es como la risa y el llanto, que al escucharlos uno a veces no puede casi diferenciarlos.

Esta fotografía pertenece a toda la serie de carácter sexual llamada «Pinchar» y versa sobre el sexo oral, uno de los temas más delicados que estoy intentando trabajar si parecer muy explícita. Hace tiempo hice una y me la censuraron tanto en Facebook como en Instagram, a pesar de que no se veía nada. Para mí el sexo sigue siendo una tarea pendiente. Y ahora más todavía con los antidepresivos. Pero quisiera no olvidarlo, tenerlo presente, moldearlo aunque sólo sea en la imaginación. También quisiera decir que empecé a trabajar el sexo en mis fotos porque ya se había sexualizado previamente mi trabajo por el mero hecho de aparecer desnuda, así que ya que nos ponemos tontos, hablemos de sexo. Hablemos, en este caso, de comer pollas. Para mí el sexo es una forma de comunicación que nos han capado durante siglos, una castración mental a la que me resisto y ante la que lucho.