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Guille me abraza como el cachorro de un oso. Posa sobre mí todo su cuerpo, su cabeza en la mía y siento que un animal enorme y cálido se me ha tendido encima.

«Guille, quita, que pesas mucho».

Me lo quito de encima recogiendo su cuerpo «Sólo era un abrazo», me dice como un niño.

Una noche en el hospital, en planta, casi me vuelvo loca al no poder sentir ese cariño de plomo y ágatas. Ahora aguanto con toda la fuerza de mi cuerpo esos abrazos, porque conozco el desasosiego de no tenerlos.