Debí haberme dado cuenta durante los 14 años de sufrimiento que le esperaron a mi abuela tras un derrame cerebral. Porque recuerdo su pesar, los llantos. Durante el día. Durante la noche. También los quejidos a los que nunca llegamos a acostumbrarnos. Sus pasos aletargados. Su carácter, malhumorado y agrio. Así era porque era infeliz. Y al final, la escuchamos llamar a su mamá. Recuerdo nuestro cansancio, nuestra paciencia, nuestra perseverancia en los cuidados, estudiar muerta de sueño exámenes en el hospital. También cómo intentábamos hacer humor de la situación. No os preocupéis por mi abuela, ella nunca se reía. De hecho, cuando le venía un atisbo de risa, se atragantaba. Pero al final terminé huyendo con gran precipitación y alocamiento, con el ánimo perturbado y agitado. Luego salió de Sevilla mi hermana. Y mi madre se quedó sola cuidándola. Mi madre ha trabajado 20 años y otros 14 invisibilizados. Gratis. Y acabó rota. Hablo en esta foto de la figura del cuidador.

Mis cuidadores actuales son principalmente mi suegra (mi segunda madre y madre de todos…) y Guille. Muchos ya han salido de mi vida como alma que lleva el diablo. Me siento como un agujero negro que se lo traga todo. He llegado a pensar que mi sufrimiento es tan transparente que por mucho que sonría, hasta mi hija me lo ve cuando abro la boca. Lo ve entre los dientes. No me siento responsable de mi depresión y trastorno, pero sí reconozco cómo los enfermos acabamos con toda esperanza, con todo lo bello, cómo emanamos una especie de oscuridad cotidiana que lo engulle todo. Somos una energía fatal que envuelve a quienes nos cuidan.

He retratado a Guille en esta foto tal y como está. Agotado, cansado, luchando por no escurrirse por donde uno cae a trompicones. Como las escaleras y los barrancos. Uno debería deslizarse por la vida como Luz, por un tobogán, riendo, de cabeza y los pies llenos de arena, esa que nos conecta con este planeta que tan poco nos merecemos. «Es que a veces se me hace muy difícil quererte». Pedrada. Un despertar en el Infanta Leonor o la Jiménez Díaz con un «No podemos pasarnos todos los meses en el hospital», con la mano en la frente y el desconcierto en el pecho. Y resopla cuando le pido que me ayude con mis fotos. Me lo he cargado. El ser amada ya no es un sentimiento espontáneo y liviano. Ya no recibo ni las buenas noches porque se asume que no lo van a ser. Acostumbrarse a esa mirada que busca la dicha que fui en su vida. Acostumbrarnos a esa mirada que busca la dicha de lo que fuimos.

Pero le quise fotografiar en lo alto de las escaleras. Todavía en lo alto. Desnudo como un neonato. Cansado, pero dormido, descansando. Soñar que cuando abra los ojos no me mirará con ojeras ni los ojos inyectados en sangre. Soñar que volverá a mí con la mente fresca y risueña. Que me volverá a llamar «Ninfa», «Ratón», «Diosa» o «Muñeco», que volverá a verme preciosa con pijama de pelotillas, adormilada, el cabello revuelto y algún grano en la cara. Aquí estamos, yo y mi Nikon, intentando congelar un letargo ficticio, un «Ojalá que cuando despiertes, yo vuelva a bailar con mi melena larga, a pegarte el culo por las noches como una jodida gata en celo, a reírme o mostrarte un rostro sosegado porque la realidad no me afecta de una forma tan límite, a tener la mente clara porque ya no tomo pastillas y duermo muy bien». Despiertas y mis padres vuelven a mí sin miedo, yo he conseguido perdonar y tu madre me da capones porque no doy besos ni abrazos y ella sigue con ganas eternas de darlos.