Cuando Luz nació, tuve que ponerme tapones para dormir y tomar melatonina, flores de Bach y triptófano todas las noches. Poco me hace, pero no quiero tomar nada más fuerte. Porque soy madre, porque antes de quedarme embarazada ya me tomaba Lorazepam o Dormidina en pastis de tres en tres. Paré de hacerlo porque lo mismo un día no me levantaba. Desde que diversos psiquiatras y psiquiátricos me atiborraron a pastillas, dejando mi metabolismo herido hasta los cimientos, no duermo bien. Vaya, que estoy sumida en una especie de insomnio crónico al que se le suma el típico de la maternidad. Yo escucho en mitad de la noche un suspiro de mi hije y ya tengo los ojos como platos y el corazón a mil. Sólo duermo por agotamiento. Pero por el agotamiento jamás vivido, ese que parece que te va a estallar la cabeza, ese que parece que estás al borde de una embolia cerebral. Y aún así, mi rostro es capaz de articular una sonrisa cada vez que mi niñe me mira. Y con las ojeras tirando de mi cara a los infiernos, darle un beso y cantarle su canción favorita, La pastoreta.

Bienvenidos al universo de las madres neurodivergentes.