«Es que la tienes muy consentida», «Es que se lo permites todo», «Claro, hija única, niña de papá», «Lo tendrá todo en esta vida, que no tiene competencia en casa», «La adoctrinas», «La alimentas mal». Así: comentarios que a ellos no les pesa y a mí es como si me lanzaran una jabalina directa al culo ¿Quién conoce a mi hija? Pregunto. Lo digo en el sentido más profundo de la palabra ¿Quién la conoce? Conocerla en esencia. La conozco Yo por encima de todas las personas, que soy su principal cuidadora, educadora y figura de apego, su padre, sus abuelos paternos y mi madre. Nadie más. Absolutamente nadie más, en sus 3 años y 2 meses de vida, la ha cuidado. Tengo amigos a los que amo profundamente que no la han visto en la vida. O que sólo la han visto una, dos o tres veces. Mi hija no le importa a nadie, salvo a los cuatro que nos volcamos en cuerpo y alma en ella. Os cuento esto porque el otro día esta realidad me dio una hostia psicológica muy fuerte. Cuando eres madre, desaparecen todos del mapa. Y si quedamos, es sin ella. Entonces tienes que buscarte nuevas redes, nuevos amigos. Porque la realidad de que esta sociedad no está hecha para les niñes, la realidad de que esta sociedad no cuida de les niñes, la realidad de que esta sociedad no hace tribu, ni comunidad, ni colectivo, la realidad del más absoluto individualismo que deja solas a las madres cuidando, renunciando a sus trabajos y pasiones o adaptando las mismas en torno a la criatura, te golpea. Te golpea mientras ellos opinan qué se debería hacer con los niños, lo terribles que somos los mapadres y lo terribles que son ellos ¿Los prohibimos en hoteles? ¿En restaurantes? ¿Terrazas?, ¿Los paramos por la calle para decirles qué tienen que hacer?. Y nosotras cuidando solas o, las más pudientes, con ayudas. Yo, Leila Amat Ortega, fotógrafa, ama de casa y madre, encargándome 24/7 de mi niña, encantada pero agotada, mientras mantengo una casa, pido como rogando, con la boca pequeña, espacios para poder trabajar en mi «capricho». O me quito horas de sueño para ello. O guardo toda la compra y, mientras metes la verdura en la nevera, piensas que se ha hecho tarde y todavía tienes que hacer la comida, coges la cámara y me enamoro una y otra vez de mi Luz desde el visor. Es una bonita simbiosis de cotidianidad y vocación, sí. Pero la visibilizo poco. Esta niña a la que no conocéis nadie, la estoy educando yo. Esta niña preciosa e inteligente que veis en mis fotos, en mis textos y que pocos conocen. Yo, mujer a la que nadie imagina con dos perras de la mano, la bolsa de las compras en otra y gritando «Luuuuuuuuz, PARA EN EL PASO DE CEBRAAAAA, ¡NO CORRAAAS! LUUUUUZ, ¡Dame la manita!». Yo, abrazándola fuertemente en pleno invierno, volviendo a casa, tras pasar 3 horas resguardadas y leyendo en la Biblioteca. No me volváis a decir qué hacer con ella. No nos volváis a decir qué hacer con nuestros niños. Sólo cuidad. Cuidad y cuidad. Que esta generación que las mujeres Millenials nos estamos currando a costa de nuestra salud lo va a petar. Y aún así me quedan «manitas» para maquillarme, cuidarme, ponerme ropa bonita y aguantar comentarios tales como «Tú mientes, no has parido, tu hija es adoptada: con ese cuerpazo que tienes no puedes haber pasado un embarazo».

Aquí estoy, haciendo músculo con la criatura de una mano, la cámara en otra. Entre fogones mientras la pinche, me pela los ajos. En Correos mientras voy cargada con los envíos de las fotos que me compráis (GRACIAS). Esta también soy yo. Estas somos nosotras. Consentidas por LosOvarios33.