«No te afanes, alma mía, por una vida inmortal, pero agota el ámbito de lo posible«. Albert Camus.

Me ha costado meses enfrentarme a esta foto. «La culpa», «Eres una carga», «Eres un marrón para todos los que te rodean», «Parásito», «Vas a destruir a todos los que te rodean». Y así llevo camino de dos años. Llevaba esta foto dentro desde hace mucho. A la hora de editar, me costaba mirar ese espejo de mi vida. De nuestras vidas. La batalla atroz por ser felices por lo que fuimos y en lo que somos ahora.

Quisiera utilizar como analogía el mito de Sísifo, quien tocó los huevos a los dioses y ya sabéis que en la mitología, con el Olimpo ni mijita. Vamos, que por cualquier chorrada te jodían la vida. Es más, a veces no tenías que hacer nada para que te putearan. El caso es que Sísifo era un listo (los listos…) y eso a los dioses les dio por culo. Como castigo, fue condenado a perder la vista y a empujar perpetuamente una roca gigante montaña arriba hasta la cima, sólo para que volviese a caer rodando hasta el valle, desde donde debía recogerlo y subirla nuevamente hasta la cumbre y así indefinidamente. Somos nuestros propios Sísifos y nuestro amor una jaula con la puerta abierta.

Paradójicamente, Sísifo experimenta la libertad durante un breve instante: cuando ha terminado de empujar el peñasco y aún no tiene que comenzar de nuevo. En ese punto, en el ensayo de Camus este explica que Sísifo, a pesar de ser ciego, sabía que las vistas del paisaje estaban ahí y debía haberlo encontrado edificante: «Uno debe imaginar feliz a Sísifo», declara, por lo que, aparentemente, lo salva de su destino suicida.

Guille, cuando nos casamos ya estabas ciego. Las lágrimas cubrían tus ojos como una marea alta que cubre una playa. Pero recuerda que te dije que los dioses algún día nos castigarían por ser tan guapos y bonicos. Las cosas como son, que nuestra felicidad no podía ser. Y sin embargo, ahí seguimos subiendo esa piedra, cargamos nuestros suicidios y los evitamos a la vez, quizá porque intuyes ese paisaje que antes veíamos, quizá porque esos momentos en los que nos encuentramos bien, son nuestra meta y libertad. Y es ahí, cuando en la desesperación más absoluta, en el agotamiento más insoportable, se abre una isla de libertad que hace que todo merezca la pena. ¿Puede que nosotros, a pesar de todo, intuyamos que todavía hay un paisaje?