Hoy es 20 de noviembre, cumpleaños de Guille. Me ha pedido para su cumple que le haga fotos. Muchos ya sabéis cómo nos conocimos. Lo que nos unió fue la porca miseria emocional y mis fotografías. Luego ya vino la remontada, mi esfuerzo durante años por crear mi propio lenguaje sobre la masculinidad en el campo del arte, mi insistencia en el vínculo tras el obturador.

Muchos ya sabéis que desde mi embarazo, Guille y yo estamos subiendo por una montaña. Hemos llegado tan alto, que no se ve nada desde la cima. Sólo nubes. Y hace frío. Cae rodando uno, baja, exhausto, a socorrerlo el otro. Nos paramos en rocas cuando no podemos más y juntamos nuestras cabezas, en una especie de danza del pensamiento, en una sinergia de risas y llanto.

A lo largo de estos dos últimos años hemos visto cómo parejas aparentamente sólidas y longevas se han despeñado por la montaña. Y nos cagamos de miedo. Tenemos los nudillos ojos, las uñas rotas, los dedos agrietados de tanto escalar, en un intento de que las vicisitudes no puedan con nosotros: su trabajo esclavo, la crianza (el primer año fue muy duro), mi trastorno límite de la personalidad, la mudanza de nuestro barrio tras ocho años, ese barrio donde nos conocimos y concebimos a Luz en una buhardilla de mierda, pero llena de amor, el robo de nuestra fianza, las reformas, los putos estudios que habían de terminarse, mi horas y horas de soledad sin la capacidad de pedir ayuda.

Y BOOM. Os escribo, quieta, sobre una roca.

Guille, eres mi amor cerebral. Puedo querete con el corazón, con el coño, con mis manos, con mi torso, con mi lengua, pero donde más te quiero es en mi puta cabeza. Donde más te siento es en mi puta cabeza. Como más te sostengo es con la cabeza. Como más te follo es con la cabeza. Donde más limpia me siento es tu cabeza. Donde más bella me siento es tu cabeza. Donde siempre te llevo es mi cabeza. Guille, sálvame, salvémonos, que quiero volver a hacer miles de fotos de feliz cumpleaños.