El otro día estaba en el salón, que es donde trabajo, y escuché un estrépito en la otra punta de la casa. Nada anormal. Guille metiéndose una hostia. Os juro que en la casa de Malasaña había paredes con manchas de sangre de los cabezazos que se metía contra las paredes o los techos bajos de la buhardilla. A veces su madre y yo bromeamos sobre él: Guille tiene un coeficiente intelectual muy alto, al igual que su hermana. Un par de cerebritos. Pero ambas fantaseamos con lo que Guille hubiera sido sin el historial de tantos golpes que se ha dado. Suele ser su cabeza la que se suele encontrar en un fuerte impacto con superficies demasiado sólidas o picos de mesas, puertas…

Dejando de lado esta peculiaridad de Guille y que se resiste abandonar, me he estado preguntando por qué soy fotógrafa de las heridas. Por qué estoy a gusto frente los vestigios del dolor. La memoria de la punzada. Cicatrices, costras, sangre, infecciones, hematomas, magulladuras, arañazos. También tiendo a llevar a un plano visual las heridas del alma. Las cicatrices internas. La fotografía como bisturí de los más interno, profundo e íntimo que nos habita. El desgarramiento tras unas palabras hirientes. El tajo de un trauma. Lo cierto es que cuando conozco a una persona nueva, una de las primeras cosas que quiero saber de ella es cuáles son sus heridas de guerra «Ey, Hola. Ahora que ya nos hemos tomado dos cervezas ¿tienes cicatrices? ¿Alguna herida? ¿Cómo te las hiciste? ¿Qué te ha pasado?» Y veo el poema.

Gracias, Guille, por derramarte en mí. Por no cansarte nunca de ese objetivo que tanto incomoda a casi todos. Por darme tus heridas. Yo te las guardo. Yo quisiera quedármelas.

Si alguien sabe psicoanalizar esto… que me haga el primer corte.