Email enviado a mi terapeuta un día después del brote psicótico y posterior tortura en el Hospital Universitario Infanta Leonor. Sin cambiar una sola palabra:

«Hola, Antonio:

Te escribo porque no tengo ni fuerzas para hablar, estoy completamente en shock. Nunca acabará esto. El jueves tuve un traslado forzoso con la policía desde mi casa al hospital, con la colaboración expresa de mi familia, que además contó a la psiquiatra del hospital (una sádica), detalles sobre mi vida privada. Otra noche más en el hospital, atada con correas de contención y muerta de frío porque me había meado encima. Toda la noche tiritando sin poder moverme. Correas de contención desde la ambulancia hasta el Infanta Leonor «¿Estás bien así?», me preguntó el de la ambulancia aprentándome bien la última cuerda. Le mandé a la putísima mierda.

Me pasé toda la noche gritando hasta que ya no me salía saliva por la boca, sino sangre. Sola, en un cuarto oscuro. Atada de pies, manos, cabeza y todo el tronco. Los mocos me ahogaban. Ya entrada la mañana apareció un psiquiatra que se llamaba Alberto que dijo que aquello no eran formas y me desató en seguida. Para cuando llegó ese momento, yo ya estaba destrozada, temblando, con la mandíbula completamente tensionada y con un cuadro de ansiedad máximo.

Esto es lo que nos pasa a los que tenemos una enfermedad psíquica, que tienes un brote psicótico y en vez de darte calor, cariño y humanidad, te arrastran por toda tu casa abusando de una fuerza física superior para luego continuar la tortura en el hospital en el hospital. Tengo las rodillas con unas heridas infectadas.

Nadie puede  ayudarme. Cuando esto pasa, cuando la policía entra por la puerta, no hay margen de maniobra. Ni para escribir o llamar a nadie ni para hacer cualquier tipo de movimiento.  Estoy medio muerta. Así lo siento. Medio muerta. Y volverá a pasarme y a pasarme y a pasarme hasta que esto que cuento cansará, parecerá anodino o se verá normalizado en mí.

No sé cuánto tiempo voy a permanecer con vida. Lo siento mucho. Lo que ha pasado ha sido castrador, angustioso y terrorífico. El pánico lo envuelve todo.

Te intentamos llamar varias veces. Ya sé que no deberíamos, que no es tu horario de trabajo, que si tuvieras que atender a tus pacientes 24 horas no sería vida. Sólo estaba desperada. Muy muy desesperada.

Un saludo,

Leila»

Feliz día mundial de la salud mental.