Te dejé posar. Porque tú ya sabías lo que era eso, ya empezabas a conocer tu cuerpo, a funcionar con soltura delante de un objetivo, a ser tú cuando la cámara, que es como una pequeña frontera, se interponía entre tu carne y la mía. Y observé con atención qué es lo que aquel avión sin alas, destripado y solitario podía sacar de tu cuerpo. Desde el visor sonreí. Hiciste varias poses, pero todas eran manos alzadas al cielo. Como si quisieras hacer volar ese cadáver de enorme belleza, como si tus brazos fueran las alas, como si tus manos pudieran albergar la maquinaria inexistente de un volante, de unos botones, de diferentes palancas y pedales.

Desde que le conté a Luz que te ibas a París en avión, ella ve en todos los aviones a su padre volando. Cuando veo cada avión de comida que le metes en la boca, también la veo volando: en el avión pedorretas, en el de los nazis (ya te vale…), en el de los aliados, en los boeing, en los airbus, en los caza, en los jumbo… Bueno, Guille. Supongo que hacer volar, guiar, subir al cielo, entra dentro de tus habilidades. Que todo lo que se estrelle ascienda, como los ojos de nuestra hija, como tus brazos, como la estética de lo que se consume en los desiertos.