De pequeñita era la pesadilla de mi madre y mi abuela. Porque claro, a mí me daba exactamente igual. Eso sí, era cursi y repipi hasta decir basta. Vaya, que no he cambiado en esto. Un día mi abuela (que en paz descanse) colocó mis manos extendidas sobre sus rodillas y me dijo “Ay, Leilita, ¿tú sabes que las princesas no se muerden las uñas?”. Me afectó muchísimo, en serio os lo digo. Dejé ipso facto de morderme las uñas, aunque de vez en cuando me destroce los dedos tirando de los pellejitos. Y hasta ahí todo lo que el princesismo ha aportado a mi vida. Yo a mi hije le diré que la monarquía es una mierda y que tenemos que luchar por derrumbarla. No obstante, si ve alguna princesa por ahí, que sepa que se tiran pedos, que eructan y que de vez en cuando se les cae la baba durmiendo. Y si se muerde las uñas, le diré que las gatas, los tigres y las panteras, no se muerden las uñas: las tienen bien afiladas, por lo que pueda pasar. Que las uñas no se muerden, que se tiene uñas para poder morder hasta con las manos.