Mi embarazo no fue idílico. Lo pasé casi completamente sola, llorando unas veces, vomitando todo lo que me metía en la boca, enferma, sin cuidados y sin ser amada. Miento. Mi suegra me ayudó mucho. Me traía tuppers de comida fría (sólo podía llevarme cosas frías al estómago) cuando yo no podía ni abrir la nevera. Junto a mi cuñada, fue la que me acompañó a la obstetra, cuando ya llevaba 13 semanas de gestación, sin coscarme de ello. No tenía del todo claro si quería ser madre. Pero las 3 escuchamos los latidos del corazón de aquella fave. Y sentimos una sacudida emocional que no olvidaré en la vida. Era Luz. Pero por aquel entonces no lo sabíamos. Llegué al final de mi embarazo subiendo al cuarto piso sin ascensor, cargada hasta arriba con las compras y sin que nadie me hubiera ayudado jamás a ponerme los zapatos. Una vez recibí un masaje de pies y tobillos. Fue mi suegra, adorada. Y sentí culpa. Sentí que estaba abusando de su bondad. Una vez me hermana me dio fisioterapia en un músculo de la espalda que tenemos verticalmente a la columna vertebral. También sentí culpa porque pensé que debía pagarla por su profesión y no se dejaba.

En la Semana Mundial de la Salud Mental Materna me sumo a la campaña #NOeresmalamadre con el fin de dar a conocer los problemas de salud mental durante el período perinatal.

Mi parto inducido duró 47 horas. Lo prolongaron para que mi ginecóloga pasara su consulta por la mañana. Guille vio que los niveles de oxitocina que me estaban suministrando eran muchísimo menores que los que apuntaban en la libreta. Prolongaron mi dolor y el de mi hija durante horas y horas. Durante el proceso, el corazón de Luz se paró, Guille avisó a los médicos y tardaron un cuarto de hora en llegar mientras yo entraba en un ataque de ansiedad. Me metían los dedos sin mi permiso y bruscamente para ver si había dilatado. Lo hacían gratuitamente, dado que sabían cuáles eran los ridículos niveles de oxitocina que me estaban metiendo al cuerpo. Echaban a placer a Guille del paritorio. Guille me preguntaba desesperado que qué me pasaba cuando llegaba una gran contracción: «¡¡¡QUE ESTOY PARIENDO COÑO JODER HOSTIA!!!».

No conseguí delegar en otros durante un año. No conseguí pasar ni una sola noche sin mi hija durante un año. No conseguí pedir ayuda en un año. No conseguía dormir más de 2 o 3 horas seguidas. Tenía una niña preciosa, listísima. A los 5 meses dijo «Mamá» y «Papá». Lloraba y se emocionaba con Bach y el flamenco desde los 2 meses. Nos paraban por la calle constamente de lo bonita que era. Tras aguantar estoicamente un 1 año y 4 meses, caí en una depresión en la que todavía estoy sumida.

Soy madre con Trastorno Límite de la personalidad.

Toda mi familia cree, menos mi madre, que no soy capaz de maternar bien, que Luz agrava mi trastorno mental. Que no soy buena madre. Que no se me debería pasar por la cabeza tener ningune hije más.

Pues mirad lo que he traído al mundo: Mi hija es feliz, es increíblemente inteligente, está sana, me quiere, tiene la cara bollopan de lo que está comiendo, me abraza y me besa, quiere bañarse conmigo todos los días para meterse entre mis piernas y que le haga un nidito con mi cuerpo. Busca instintivamente mis pezones. Es muy familiar y adora a su padre, a sus abus, a sus yayos, a tus «tatas» (las perras). Si alguna vez le pego un chillío me dice «Mami, tranquilita, no te enfades. Te quiero… pero tranqui ¿eh?». Y me abraza, menudita, las piernas. Su cabecita de sol apoyada en mis rodillas. Es sanadora. Y yo siempre puedo más. Da igual cómo esté, puedo, y puedo, y puedo. Y cuando no puedo por puro agotamiento, pido ayuda al padre (nos repartimos los cuidados), a mi madre, a mis suegros. Pero quiero a Luz que creo que estoy loca. Más todavía.

En palabras de la fotógrafa y activista Ana Álvarez Errecalde, a quien os recomiendo seguir encarecidamente: *»Hace falta hablar de estos temas para que las mujeres que viven estas situaciones sepan que no están solas, que no están falladas y que se puede pedir ayuda. Aunque cualquier madre puede verse afectada, las intervenciones en el parto (cesárea, fórceps, epidural, la separación del bebé, medicación, etc) así como el trato humillante y la falta de intimidad al parir, aumentan el riesgo de depresión postparto (…) Si te cuesta conectar con tu bebé. Si te sientes triste aún cuando crees que «deberías» estar contenta. Si la culpa hace que pongas buena cara cuando no sabes cómo sostenerte, PIDE AYUDA: 1 de cada 2 (o 1 de cada 3) Mamás a las que conoces y admiras probablemente ha pasado por lo mismo»

NO ERES MALA MADRE

La maternidad necesita tejer redes, hacer tribu. Las madres necesitamos a nuestres amigues. Necesitamos, en medio de una cultura completamente individualista, ayuda.

*De la serie y libro «Cesárea más allá de la Herida» de Ana Álvarez Errecalde (2010)

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Fotografía dedicada a todas las madres. Con problemas o no de salud mental. Pero en especial a Puchi Dueñas, Marta Muñoz, Clara, mi suegra María Jesús y la más grande de todas: MI MADRE. Margarita, se llama. No sólo sois madres. Sois unas madre maravillosas, excelentes y os quiero.