Vivo acelerada. Con la premura de quien no decidió a tiempo. Mi día a día son lecturas frenéticas, podcast y audiolibros: no dejo hueco para el silencio. Horas de estudiar entre cuidados como madre y mi trabajo como docente. Ni siquiera voy a hablar de errores, porque todos me conforman. Me alzo como Atila sobre todos mis muertos, que son mis errores, los hijos deformes que cantan nanas a la sangre derramada, para que fluya dormida y ya nadie la escuche.

No hay errores, sólo no haber sabido decidir a tiempo, tan veloz como decido ahora. Corro y corro hacia delante porque no puedo permitirme otra cosa; no puede ser otra cosa. Planifico un futuro con la esperanza de que se abra la tierra y caigan todas las zarpas tras de mí, a mis lados y el recuerdo sea una lamia con mi cara que me recuerde cada noche, que se los comió a todos.