Modelo: Mewy

No hago la fotografía que quiero hacer. Mi estilo fotográfico no depende de mi voluntad, ni siquiera mi evolución. He estado compartiendo en redes fotografías antiguas y por unanimidad y sin consenso, resulta que mi antiguo trabajo gusta mucho más. No pasa nada. Tampoco está en mi alcance redirigir los gustos de los demás, ni siquiera redirigir al animal, a ese viento que trae y lleva una imagen tras otra sin rumbo ni intención. Ojalá se me amara más en esta fase fotográfica, pero ni yo misma elijo mis fotos, ellas me eligen a mí, yo sólo soy un canal de ese universo que sólo tiene como fin expresarme y mantenerme a flote en este mundo tan complicado para ser yo. Tan complicado para ser Leila Amat. Nunca había saboreado lo que es no sentirme vista como artista, pero llega en un momento muy dulce, porque desde que entendí que lo importante es disfrutar el proceso, entender que toda mi producción se va a perder en el tiempo, no me preocupa. Las fotos de antes eran de una etapa de mi vida en la que estaba muy perdida, muy rota y frágil. Y ahora no es que no me sienta perdida, pero en mí hay un sentimiento de haber retomado lo que se paralizó en el año 2011. Yo siento que mi vida desde año 2011 al 2024 no tiene sentido, que no tomé decisiones correctas en el letargo de los años. Por eso no llego a racionalizar por qué gustan más mis antiguas fotos, porque siento que sólo se están amando mis pedazos. Quizá rota era más rompedora y ahora que sólo me rasco las cicatrices, sólo produzco eso, cicatrices: parches de carne que os dicen “aquí dolió, aquí sanó”.

Estaba en mi casa sola, editando una foto de mi Mewy, con una perrita roncando a cada lado, el otoño acariciando las ventanas, una infusión y Debussy de fondo. Mi jersey largo cayendo sobre mis muñecas y yo pensando «qué momento tan feliz y acogedor, qué a gusto estoy». Nunca pensé que una de mis metas más perfectas, fuera algo tan simple y sencillo.