Reconocer que el día del eclipse me desnudó sería admitir que hay un agujero. Sería declarar que hay una desnudez más allá de la piel y que la cubro con armaduras plomizas e infranqueables. Lo que me hizo el eclipse a nivel emocional durante un par de días fue injusto en un mundo que solo quiere devorarme. Habría sido hermoso sentirme así en una realidad de la que no tuviera que protegerme. Habría sido como reír con la brisa o temblar en el arroyo. Pero fue llanto y conmoción: dejó la puerta abierta y dediqué dos días, ladrillo por ladrillo, a tapiarla de nuevo. No, todavía no.
Fotografía realizada con luz de eclipse total, en ese momento parcial, a un cuarto de hora de que se cegara por completo.