Eclipse total de sol
Te quiero un eclipse total
de sol y totalmente
eclipsada.
Siento que quiero amarte en lo sagrado
lo más cercana a Dios.
Estar tú, yo y Dios
(Ese pliegue de la vida
donde se filtra el amor
en un temblor)
Y que yo te ame
en lo más exclusivo
de lo anómalo.
Amarte es alinearse
para poder sentirte fría
en la oscuridad
a la sombra de la luna
y a la sombra de nosotras mismas.
El cielo nos regala la oportunidad
de huir a través de su aro.
O de su puerta.
Ya no me acuerdo.
“Eclípsame, te lo suplico”.
Lo dije orando, quizá hablando
la lengua de las cigüeñas
y mis labios crotoraban
en una percusión suave y blanda
de la carne trémula.
Escondida tras las gafas
mis sienes adheridas al cartón
y los ojos puestos en Dios.
O el eclipse. O la niña.
Qué más daba no había
líneas disuasorias
ninguna frontera convincente
que me hiciera darle caza
a la diferencia.
Imagínatelo: tú y yo colándonos por ese ojo
negro y negras como un silencio.
Los demás mirarían y solo verían
el calor que dejamos tú y yo.
Esa bruma de unos pocos grados
que eran nuestros
porque la temperatura la hicimos nosotras.
Así puse los ojos para que nos llevara
a la luna oculta de la negrura
a la espalda del sol
al epicentro de nosotras mismas.