Cuando voy en invierno en bici se me agrieta la piel de las manos. Me paso el dedo entre las heridas rojizas y admiro el zarpazo del frío. Volver de noche, en bici, entre la niebla, y que mi aliento también sea niebla. Para quienes transitamos las temperaturas más crudas con placer, el verano es per se angustioso. Pero si hay algo que me genera ansiedad son los incendios. Busco en mi cabeza mil paliativos espirituales «Es la madre tierra. La corteza de la madre tierra. Es solo la superficie lo que arde. La esencia sigue estando en el sustrato, metros y metros bajo tierra. El incendio es una costra sobre la carne oscura y profunda de nuestra madre tierra». Lo mismo no. Lo mismo no es así. Pero una tiene que transitar la vida de manera indemne. Riego mis decenas de plantas y les cuento las noticias como si fueran tragedias de las que hay que informar, «Tenéis que cuidaros las unas a las otras, este verano lo atravesamos todas juntas». Pensaréis que no es real, mera literatura. Tan ficción como mi producción fotográfica. Pero esta soy yo cuando nadie me observa, tan desnuda como la poesía de JRJ, tan naif que se te abre la boca.