El otro día tuve con un amigo una acalorada discusión sobre lo que es la Muerte. Siempre he sentido una enorme atracción hacia lo que es y hacia lo que supone. A raíz de morir (varias veces) y del tarot, he buscado en libros algo que me resonara en contra de lo que se decía de Ella desde la tradición  occidental y judeocristiana. No fue hasta que no di con dos de mis biblias, que tuve un momento catártico que dio un giro a la hora de entenderla, apreciarla y respetarla. Esas biblias son, «Mujeres que corren con los lobos», de Clarissa Pinkola Estés y «El mito de la diosa» de Anne Baring y Jules Cashford. La muerte se me presenta como una fuerza de limpieza, transformación y renovación  indispensable para la salud del alma. A diferencia del concepto lineal (nacer, vivir, morir), Estés propone un ciclo circular. Ella sostiene que la naturaleza salvaje de la mujer opera bajo este ritmo constante. La muerte es una transición: para que algo algo nuevo nazca, algo viejo debe morir. De esta manera, el concepto de muerte se amplía y pueden morir las ideas, una relación, una vieja versión de nosotras mismas. Lo viejo se convierte en abono de lo que fue, en tanto que sin la experiencia previa, no seríamos lo que somos en la actualidad, de tal manera que la nueva versión es mas sabia y fuerte que la primera.

¿Por qué nos cuesta tanto entenderlo?  La cultura moderna es predadora y nos ha enseñado a desear solo la parte de la «Vida», ignorando que sin la muerte, la vida se vuelve estéril.  Lo podemos ver en las cosechas, las estrellas, en las células del cuerpo, en la menstruación, la luna o el propio proceso creativo. Es como un latido, de tal manera que la existencia se expande y se contrae, como si de un ritmo se tratara.

En las culturas ancestrales, la muerte no es una «asesina» ni nada de lo que huir, es alguien a quien se le invita a la mesa, pues si no la aceptamos, estamos rechazando la mitad de la existencia. Mi epifanía fue entender que Vida y Muerte no son opuestos, sino coexistentes.