Qué incómodo es vivir en el desafío constante. Qué mal se balancea una en el No, en la oposición y cuadraturas. Qué borroso se termina viendo cuando se lee entre líneas, cuando se pasa por el filtro de los derechos humanos todo lo que lees, todo lo que haces, cada acción y producto de consumo. Qué complejo es querer vivir alineada con lo justo. El otro día, mientras me rasuraba las axilas, me preguntaba «¿Y si me convierto en un árbol? ¿Y si de repente empezara a crecerme musgo por todo el cuerpo y mi pecho fuera un tronco, mis caderas una piedra fría y húmeda y mi pelvis una cueva?» Y de nuevo la idea de ser quietud, de ser trapadora, mera observadora del rocío mañanero, me sedujo.