Ayer me enteré del fallecimiento de mi amiga Marta Plaza. Aunque ella luchaba contra la depresión desde hacía ya (demasiados) años, la noticia fue impactante para quienes la queríamos y apreciábamos. Primero sentí shock. Luego pensé que probablemente la muerte le esté dando la paz que la vida le denegó. Y con eso me dormí más tranquila. Pero al despertar me sentía revuelta: su muerte había despertado la angustia de viejos fantasmas que yo me creo que tengo enterradísimos. Pero no. Marta se quitó la vida porque vivimos en un Sistema que desnaturaliza nuestra biología, que nos desvincula de nuestro cuerpo y alma y que naturaliza tantas violencias que muchos cuerpos colapsan. Cómo no iba a colapsar Marta, que probablemente era de altas capacidades y alta sensibilidad. No era su cuerpo ni su mente las que estaban mal, es este sistema de mierda que no sabe cuidar y que nos aboca hacia un estilo de vida que no es humano, ni animal. Ni siquiera es vida.
Marta era una mente brillante que lo dio todo por el «activismo loco», a saber, contra la violencia psiquiátrica, contra la institucionalización de la salud mental, contra el pastilleo desmedido para adormecernos. Ella estaba y vivía y contra, como debe de ser. Pero no pudo más. Lo único que nos queda a las demás es recoger su historia, su testimonio y pensamiento revolucionario y hacerlo bandera. No se me ocurre mayor acto de rebeldía y honra que seguir vivas, seguir luchando y continuar en ese «contra». Contra el sistema, contra la violencia de cualquier tipo. Contra la mentira y la barbarie. Vivir en la desobediencia todo lo que nuestra salud mental nos permita, porque sólo así se derribará el muro que no ha permitido disfrutar de la vida a una gran compañera.
Gracias, Marta, por apoyarme tanto y estar ahí en lo peor de mi vida. Gracias por lo que me entregas en lo personal y por lo que dejas al colectivo. No te olvidaremos.
Gracias a mi hija por ayudarme con la foto.