Fotografía realizada en Tenerife, en un bosque de Anaga. Cuando voy caminando entre los edificios y el cemento de la ciudad, siento que no es mi lugar. Me siento desnaturalizada, un animal fuera de su hábitat. A pesar de haber sido criada en la ciudad, siempre he llevado un bosque dentro. He soñado con él y es mi refugio. Uno de los mayores aprendizajes en esta vida está en buscar mi lugar: en entornos laborales, en entornos artísticos, con amistades y con parejas, y saber irme de donde no es. Cada ámbito me ha enseñado una cosa. Admiro muchísimo a las personas que se han sacado el carnet de conducir (es uno de mis talones de Aquiles) y se han ido a vivir a la naturaleza. Aunque frente a esto tengo un temor: me dan miedo los pueblos y sus gentes. Cada vez que he vivido o estado en uno, he visto maltrato animal o mentes muy cerradas. Me da miedo llegar a un lugar pequeño y perdido y desencajar, desentonar, ser el punto de mira por marcar alguna diferencia, no ser capaz de integrarme. También mi hija vive en Madrid y de aquí no me puedo mover, pero sí en un futuro lejano me gustaría pedir una plaza como profesora en un pueblo del norte y probar. Quizá el País Vasco. No sé si en este planeta quedará un rinconcito donde caminar y bañarme desnuda, sin miedo al sobresalto o la agresión. No sé si habiendo nacido humana, se me ha negado ese placer. Estaba haciendo las fotos en Anaga y una señora dijo «Uy, desnuda, qué frío, no sé cómo puedes». Y mi hija Luz «Mi madre lo que quiere es que pase usted de largo y la deje tranquila». Gracias, baby.